Pecadores y Engranajes

"Hoy el hombre no se siente un pecador, se cree un engranaje, lo que es trágicamente peor. Y esta profanación puede ser únicamente sanada con la mirada que cada uno dirige a los demás, no para evaluar los méritos de su realización personal ni analizar cualquiera de sus actos. Es un abrazo el que nos puede dar el gozo de pertenecer a una obra grande que a todos nos incluya." Ernesto Sabato

martes, abril 14, 2009

Una criatura llamada Esperanza

A veces cuando te miro directo a los ojos, entiendo que sospechas que ya te conocía, sin embargo no me lo dices, lo piensas, te quedas divagando frente a mi rostro extraño que te resulta tan conocido. Y cuando cierras los párpados pretendo explicarte con caricias, que soy yo mismo aunque te niegues a reconocerme. Ayer te contaba de la vez en que caminé 30 minutos con los ojos cerrados sobre una playa interminable, tratando de transportarte a esa escena, para que de alguna forma pudieras sentir los granos de arena como una oleada de palmadas microscópicas acariciando cálidas las plantas de tus pies, o envolverte en el aire fuerte casi turbulento que volaba de regreso cuando te esforzabas en pos de la ida, o dejarte abrazar por el manto bronceador del sol canicular, o sumergirte en el rugido del mar que baña tus pies con lengüetazos espumosos, como si fuese el furioso ataque de un enorme pitbull cariñoso al que indudablemente le agradas. Tal vez pueda sonar un poco posesivo, pero se me hace casi insoportable la idea de no verte durante estos días, aunque vayas a disfrutar como loca del paradisiaco destino playero al que te diriges. Hace 15 años en la misma arena que estarás pisando, ayudé a una tortuga marina recién nacida a llegar al mar, cuando la vi estuve a punto de aplastarla con mi paso apresurado, pero algo hizo que me detuviera en seco, como si el universo hubiese detenido el tiempo para dejarme inmóvil, para forzarme a escuchar el llamado de la minúscula amiga que bregaba por nadar derecha aunque sus patas parecieran no querer colaborar con su ímpetu. Me detuve media hora a averiguar si sufría un defecto congénito, y llegué a la conclusión de que ese no era el caso, tan solo necesitaba un poco de tiempo y atención para seguir su camino; apenas observé que podía moverse con soltura suficiente decidí internarme junto con ella al mar, para asegurarme de que llegara a aguas profundas; antes de despedirme la tomé cuidadosamente entre mis manos y le di un beso esquimal, sentí ese cosquilleo en el plexo que me dio la sensación de que algún día volvería a verla.
Las historias de playa continuaron una tras otra, es muy agradable vivir tan relativamente cerca del mar, uno llega a apreciar más esa cercanía sobre todo cuando conoce otras culturas que no pueden disfrutar de tal privilegio, y ocasionalmente por estas épocas mi grupo de amigos jóvenes organiza el paseo respectivo, que el 90% de las veces se transforma en una jornada intensiva de alcohol y resaca consecutivos, es tan excesivo el consumo que a veces no necesitas ni siquiera comer para sobrevivir. La última ocasión, en el tercer día de los cuatro programados me encontraba precisamente en ese estado de levedad, después del ayuno y el consumo casi intoxicante de alcohol, la mitad de mi grupo de amigos yacía a los lados de la piscina del hotel, como si fuese un campo de ejecución, en tal posición que pareciera hubiesen sido fusilados uno a uno. La noche clara y el estruendoso sonido ensordecedor del reguetón de la discoteca de a lado se vio complementado por el repicar estridente del celular de mi amigo Carlos, era su novia que le indicaba que estaba esperándole en la playa y quería que vaya inmediatamente a su encuentro. La situación era irónicamente jocosa dado que la frase insignia de mi amigo era “cabello de mujer tira más que tractor”. Carlos salió a su encuentro inmediatamente, sin embargo la mayoría del grupo no se dio cuenta hasta que resucitaron como cuerpos gloriosos de su letargo en lecho de excesos, eso ocurrió prácticamente una hora después. Yo me mantuve firme como un barco en la tempestad, cuidando de los botes a la deriva utilizando los acordes de mi guitarra como amarras, para traerlos de vez en cuando de vuelta a la realidad. Una vez que la mayoría de cuerpos había recuperado el estado de lucidez el espíritu de cuerpo los cohesionó en la misión de ir en busca de mi amigo declarado por todos oficialmente desaparecido en razón de que no contestaba el celular. Tomamos un recipiente de combustible vacío y lo llenamos con ron, agua y hielo, prácticamente parecía que estuviésemos bebiendo Diesel; el colectivo de 8 muchachos con rostro de determinación y un propósito alcohólico inquebrantable partió rumbo a la playa que quedaba apenas a unos 6 kilómetros del hotel. En el camino cada uno de los miembros fue encontrándose con alguna persona conocida, y de a poco se iban reduciendo los integrantes que seguían activos en la misión; en un lapso de dos horas habían desertado 6 personas y el desaparecido seguía manteniendo impecable su condición indeterminada. Carlos, era mi mejor amigo en ese entonces, y sigue siendo aún de los más entrañables, yo no iba a abandonar la misión costara lo que me costara volverlo a ver, aparte que después de tanto coctel Diesel uno tiende a volverse terco; seguía caminando con mi guitarra en brazos, tocando con entusiasmo ¡como si fuese un tamborilero de guerra! Finalmente pasó lo que tenía que pasar, el último compañero de misión se encontró con una chica a la que anduvo persiguiendo toda la mañana y desertó de forma inminente. Continué el recorrido sólo, llegué a esa sección de la playa que está atiborrada de fiesta, había mucha gente y resultaba casi imposible identificar a alguien a vista de pájaro, empecé a tocar una canción complicada sencillamente porque me daba ganas de oírla, los acordes eran complejos y únicamente podía tocarlos cuando veía mis propias manos sobre el mástil del instrumento, este descuido provocó que omitiera la presencia de una piedra bastante voluminosa en el camino y que a continuación me precipitara sobre un basurero estratégicamente colocado por el universo en el sitio preciso para hacer que mi tabique lo impacte directamente, acto seguido entendí que aunque te cueste aceptarlo la nariz es una parte fundamental de la anatomía del ser humano. Me levanté después del golpe un tanto mareado, miré mis manos y estaba totalmente bañado en sangre, tuve que romper un pedazo de mi camiseta para fabricar un par de tapones para las fosas nasales, entendía que por fin tenía una coartada lo suficientemente fuerte para abortar la misión, y traté de tomar un taxi de regreso, eran las dos de la mañana y todos los transeúntes se alejaban de mi, como si estuviese visiblemente infectado por alguna enfermedad contagiosa, ningún vehículo quería parar y las almas caritativas que seguramente existían en esa zona estaban todas dormidas. Evalué la situación rápidamente y decidí regresar al hotel por un atajo, 6 kilómetros en ese estado alterado de conciencia, bañado en sangre y con tapones en las fosas nasales eran demasiado reto. Me interné en la playa, media de hora de camino hasta llegar al tramo que se cruza a nado, por suerte el agua me llegaba hasta la altura del cuello y pude cruzar sin mayor problema, excepto por los bocados de agua salada que inevitablemente tuve que tomar dado que no podía respirar por la nariz.
Por beneficio salí con la ropa bastante lavada, las manchas de sangre asemejaban un alegre estampe salsero que de alguna forma me hacía sentir mejor.
Durante 60 minutos más anduve acompañando por la luna llena que iluminaba la escena, divagaba pensando en mi amigo, en si de verdad estaría perdido, la cabeza me daba vueltas, ¿has sentido que el alma se te sale del cuerpo cuando estallas en fiebre? empecé a alucinar que veía a Carlos caminando con su novia entre los matorrales y las palmeras que silbaban juguetones a la vera del camino. Me ensimismaba el rol del caminante solitario, me incitaba a recordar mi trayecto de hace 14 años, a cerrar los ojos y confiar en mi instinto, a sentir esa realidad lejana, esa calidez intensa y cuando me sentí abrigado un chiflón de aire helado me regresó a la realidad, al abrir los ojos observé un caparazón enorme, parecía varado sobre la arena, me acerqué cuidadosamente, ¡la criatura había cavado un hoyo en la arena! Y en su interior brillaban como perlas las semillas del milagro de la evolución, me recorría un cosquilleo de entusiasmo que de nuevo me quitó el frío del cuerpo, el milagro de la vida frente a mis ojos brillaba aún más intensamente que la luna llena fulgurante sobre el cielo despejado. Di la vuelta para mirar la expresión del rostro de la madre, y cuando miré a sus ojos directamente pude reconocerla; o quizá era algo que en medio de mi alucinación quería realmente que pase, ¡era la amiga con quien había nadado hace tanto tiempo! Me reconoció con su mirada y se quedó quieta, se notaba esa sensación de seguridad, quizá hasta cariño similar a la del perro que no te ha visto desde niño y te da muestras de cariño intenso luego de pasados tantos aָños; solamente que en lugar de ladrar, la criatura empezó a hablarme, yo sencillamente no lo podía creer, quizá era el efecto de la borrachera, los tragos de agua salada, la progresiva deshidratación y la pérdida de sangre, pero prefiero creer que no.
“Amigo, que no te extrañe verme de nuevo, porque la vida es así, a los ojos de los humanos existen las despedidas y sin embargo no se dan cuenta de que la sensación que les da en el plexo es sencillamente el ancla que el universo pone a los seres inseparables, para que el tiempo lejos de alejarlos los vuelva a unir inevitablemente. Te agradezco la escolta que me diste hace tantas lunas y como retribución te diré lo que está por ocurrir. Vas a conocer a una mujer que volteará el orden de tu mundo, porque eso es lo que en el fondo tú deseas que ocurra, aunque no lo quieras aceptar. Esta mujer traerá tormentas; desde la cima de una montaña descenderá desenfrenada para rodearse de luces nocturnas intermitentes que volarán a su alrededor y de perros ataviados como vacas mientras busca refugio entre tus brazos, será una bailarina que llevará un río caudaloso en su interior que para ese entonces no sabrá aún como controlar”
Me quedé estupefacto, sencillamente sin habla, suspendido en la ternura de la escena con los ojos clavados en la criatura, y volví a sentir ese cosquilleo en el plexo.
Acto seguido ayudé a mi amiga a tapar el hoyo con arena con sumo cuidado y volví a nadar con ella, hasta donde pude, esta vez fue distinto, no hubo beso esquimal, pero el sentimiento de pertenencia fue aún más fuerte.
A fin de cuentas logré llegar al hotel; en la habitación no había nadie, así que me acosté a dormir, persistía fuerte la sensación de estrés postraumático, el sangrado de la nariz había parado y la deshidratación intensiva me hacía bramar por un vaso de agua. Me refugié en el amortiguamiento del cuerpo hasta el siguiente día.
Al despertar me di cuenta de que había olvidado mi guitarra, bueno en realidad, ¡la guitarra de mi padre! Hice esfuerzos inútiles de búsqueda y rescate en los establecimientos del lugar. El sol del mediodía y la muchedumbre acabaron por extenuarme. Uno puede llegar a sentirse insignificante entre tal masa enorme y caótica de gente en ánimo de vacaciones. Compré un agua de coco y me senté sobre un tronco a convencerme de que había cambiado la guitarra por un frijol mágico, y que el mensaje que me dio la criatura florecería como la planta que crece como escalera para conducirte al cielo.

Ahora que te llevo de regreso a casa, entiendo que me digas que no se vale extrañar o que si se vale, pero que no se vale pasar mal, porque haces tuyas las palabras de aquella criatura mágica que me llevó a conocerte y reconocerte antes de que llegaras, a darme cuenta de que eres tú la llamada a cambiar el orden de mi mundo, a ponerlo de cabeza, como dice Willie Colón “al que madruga Dios le ayuda y eso espero pues me paso toda la noche por ti desvelado”, en este momento caminamos abrazados, diciendo cosas al oído, y el esfuerzo que hiciste por atraer tormentas eléctricas y descender desenfrenada me ayuda a acercarme a ti, tus músculos cansados me dan una posibilidad de tenerte entre mis brazos. Ahora que la bruma cubre todo el aire que te rodea, las luciérnagas se encienden y se apagan a tu alrededor, y los perros blancos con manchas negras salen a tu encuentro, me despido de ti, me quedo inmerso en tus labios y cuando por fin me armo de valor para dejarte y regresar a mi realidad, reconozco el sonido del río caudaloso que pasa por tu casa como el torrente de tu interior que aún, no sabes cómo controlar.
Antes de partir, te digo que el punto final es lo que construye un final feliz, y te regalo la canción que me ayudó a alucinar tu imagen en mis sueños, la puerta hacia el universo donde los sueños se hicieron realidad y mientras sonrío dejándote atrás, la sensación en el plexo se vuelve intensa, seguramente es que el universo me está anclando, preparándome, para volverte a ver.