Pecadores y Engranajes

"Hoy el hombre no se siente un pecador, se cree un engranaje, lo que es trágicamente peor. Y esta profanación puede ser únicamente sanada con la mirada que cada uno dirige a los demás, no para evaluar los méritos de su realización personal ni analizar cualquiera de sus actos. Es un abrazo el que nos puede dar el gozo de pertenecer a una obra grande que a todos nos incluya." Ernesto Sabato

viernes, diciembre 28, 2007

Diez de la noche y los ojos se te cierran del cansancio, afuera llueve y el sonido de las gotas sobre el cristal empañado de la ventana que da a la calle parece atentar contra tu vigilia, te hipnotiza, te incita a dormir. Sabes que es la hora de un café bien helado! Después de todo, queda mucho trabajo por hacer.

¿Te has puesto a pensar cuántas veces en tu vida vas a abrir una página de Internet? Mi cálculo a llegado a 400.000. Abrí el campus como de costumbre aún no me acostumbro a la rutina de asistir a una universidad virtual, para hacerme a la idea tengo la manía de abrir la lista de compañeros, y simbólicamente les saludo a través de la pantalla, mi papá dice que estoy loco, y yo le digo que tanto como su abuela; se ríe recordando cuando él era pequeño y ella le llamó a su cuarto para que le ayude a poner una cortina frente al televisor, porque le daba vergüenza de que el señor ahí proyectado le vaya a estar espiando.

Al entrar en el salón de la clase, el mayor de nuestros compañeros tomó la palabra. ¿Te ha pasado que de leer tantas cosas, llegas a tal nivel de inercia informacional que crees imposible que te sorprendan? De pronto escuchas algo, el alma se te pone en blanco, se te corta la respiración y sientes que el tiempo se ha detenido.

El relato del viejo Tatay, se extendía como una puerta a una nueva dimensión, el umbral estelar se abría en el monitor, casi imperceptible entre los contenidos teóricos versando monótonos sobre el trabajo en equipo. La risa de Ixchel resonó imponente, casi estridente, sin embargo mi padre que subía las gradas pareció no escucharla yo casi me caigo de la silla, sabía que la voz provenía de aquel rincón en el monitor. Esperé a quedarme sólo, apagué la luz y me senté a clavarle la mirada a ese rincón.

¿Alguna vez te has sentido desvanecer, como si fueras a desmayarte y la mente se te empezara a blanquear lentamente?

Los ojos se me cerraron, y al abrirlos estaba sentado al pie de la Biblioteca Municipal, hacía mucho claro, y el sol canicular iluminaba la calzada. Un par de gringos preguntaron por el museo donde se exhiben objetos mapuches. Yo no sabía si estaba soñando o qué había pasado, me pellizqué, y no desperté. Al momento empecé a desesperarme, revisé mis bolsillos y no llevaba dinero, ni mi navaja, ni mi celular, ni mi billetera. Hay veces en que sencillamente te sientes tan desprotegido como un niño abandonado en un centro comercial, entonces te quedas paralizado sin saber que hacer, el tiempo, se acelera.

La risa de Ixchel, de nuevo me sacó de ese estado, a ella sólo le conocía por foto, sin embargo al voltear la mirada le reconocí inmediatamente, estaba sentada en el regazo del viejo Tatay, contándole chistes y preguntándole cosas sobre el trabajo en equipo, dos minutos después empezaron a llegar otras caras conocidas, en pocos minutos la esquina donde estaban se transformó en algo así como una multitud pidiendo autógrafos a una estrella de rock. De pronto sentí una palmada en el hombro, era Sergio susurrándome al oído que todos habían pensado que el viejo Tatay tenía la respuesta al problema que había planteado el profesor en clase y querían ahorrar tiempo pidiéndole consejo. Me preguntó con toda naturalidad como había hecho para meterme en el monitor, y le dije que no tenía la menor idea. Ixchel se nos acercó, un poco huyendo de la multitud, me saludó y me dijo que por favor le de sosteniendo los apuntes mientras ella iba en busca de un baño...

A los dos minutos de verla correr por la calle, el suelo empezó a moverse, Sergio se sujetó de mi brazo y yo a la vez de un poste de señalización que tenía a mi lado, ninguno de los dos podía mantener el equilibrio, el temblor era sumamente fuerte, los cables del tendido eléctrico se mecían como las cuerdas de las niñas que juegan a saltar, todos los compañeros salieron corriendo de la esquina, sin embargo el viejo Tatay se quedó sentado sobre la vereda, inmutable, con una sonrisa dibujada en su rostro milenario, deduje que era inmune a los temblores, en sus ojos se dibujaba una calma budista imperturbable, me perdí en su expresión y decidí cerrar los ojos, de nuevo desvanecer.

Abrí los ojos al escuchar la voz de mi papá, yo seguía temblando y tambaleándome, "mijo, se te cayó este papel". Cuando lo tomé, se me salieron los ojos de las órbitas y solté una carcajada, mientras escribo esto sigo enfrascado en el análisis grafológico de los apuntes, esta semana, pienso hacerles un examen de carbono 14