Pecadores y Engranajes

"Hoy el hombre no se siente un pecador, se cree un engranaje, lo que es trágicamente peor. Y esta profanación puede ser únicamente sanada con la mirada que cada uno dirige a los demás, no para evaluar los méritos de su realización personal ni analizar cualquiera de sus actos. Es un abrazo el que nos puede dar el gozo de pertenecer a una obra grande que a todos nos incluya." Ernesto Sabato

domingo, septiembre 24, 2006

Amuleto de tristeza

¿Hace tiempo que dejaste de creer en el tipo de fantasías que erizaban tu piel con tan solo recordarlas? Olvidaste el torrente de hielo bajando por tu espina dorsal, diseminando el frío polar de la vida por cada una de tus venas; lo cambiaste por el falso sentido de seguridad que te vendió una putrefacta sociedad humana en decadencia. Ahora piensas que es necesario caer e imprescindible levantarse; a cada paso la tristeza se apodera de ti como un viscoso torrente de aceite de petróleo embadurnando las alas del joven piquero de patas azules, sumiéndolo en letargos de desesperanza que apenas se atreve a imaginar.

¿Estás lista para escapar?

He preferido creer que el mundo me habla a mostrarme ciego ante el destino. Su lenguaje para mi, es el más complejo sistema imaginable, todo está dispuesto para aquel que quiera aventurarse en el reto interminable de descifrarlo.

Piensa en la forma de las sombras que se proyectan ante cada lengua de fuego, especialmente diseñadas para ti, para este preciso momento y para este puntual lugar; la danza a contraluz interpretando historias amalgamadas en el interior del árbol que generoso te brindó sus entrañas para cobijar los escalofríos itinerantes de esta noche de verano.

La fogata asciende con la pausada violencia de un niño incansable en el desesperado intento de tomar las estrellas del cielo con las manos. El lienzo efímero es la irregular cubierta de la tienda de campaña, su color se proyecta hipnotizante, cambiando con cada ráfaga de viento; si te concentras un poco alcanzarás a vislumbrar el rostro del caballero perdido entre los susurros cálidos del bosque misterioso. Si te fijas bien podrás reconocer los destellos de la hoguera rebotando incontables sobre su piel; y en la mirada una creciente expresión de sorpresa. A las puertas del enorme horno de pan, desmonta de su caballo y se acerca con cautela; en el interior reina la penumbra a veces interrumpida por el itinerante centelleo de las cenizas que se rehúsan a dejar de respirar.

Silencio.

Una llamarada enciende el hogar del horno con súbita rapidez e inmediatamente el rostro del caminante se fosiliza, su aliento está cortado, como si el aire fuese demasiado denso para poderlo respirar, es como una masa gaseosa petrificada frente a tu rostro, sofocándote hasta hundirte en la más absoluta desesperación.

El cuadro de los duendes entrando al horno es espantosamente grotesco, sus cuerpos son realmente pequeños, de extremidades abultadas y retorcidas, como si hubiesen sido moldeados en arcilla por algún aprendiz de alfarería en su primer intento por recrear la grácil figura humana. Tienen la piel verde, como si hubiesen sufrido hematomas que nunca sanaron; las cabezas aplanadas exhiben esporádicamente acumulaciones de ralo cabello cano y sus narices se asemejan a tubérculos recién desenterrados tanto en higiene como en textura. Su comportamiento denota un alto grado de enfurecimiento; empiezan a desordenar las hogazas de pan quemado en una carrera frenética que desafía la paupérrima movilidad de sus piernas y brazos deformes, buscan algo con absoluta y amarga desesperación y no lo encuentran; el hálito del caballero lentamente se recupera y el pánico empieza a transformarse en repugnancia, el horno tiene ahora un nauseabundo olor a azufre.

Los duendes exhaustos renuncian a la búsqueda y se sientan uno junto a otro apoyando sus cuerpos amorfos sobre la áspera pared tibia. Mientras el aire silba entre las hojas de los arbustos, y derrama su canto monacal sobre la escena en conjunción perfecta con la pálida luz de Selene, empieza el diálogo de voces agudas y estridentes.

“Lo perdí aquí hace dos noches estoy casi seguro ¡maldita sea!”

El más antiguo de los humanoides imprecaba hasta el cansancio, y maldecía y maldecía. Su camarada cansado de soportar los gritos electrizantes y furiosos intentó calmarlo:

“¡A callar! no tenemos más remedio que dejar de buscar con los sentidos terrenales, tendrás que contar la historia para poder sintonizarnos con las vibraciones del amuleto”

Acto seguido, el duende viejo refunfuñado echó un par de patadas al aire y se arrojó contra el piso con absoluta violencia reprimida.

“Hace años, este bosque fue habitado por corceles mágicos. Durante mucho tiempo se mantuvieron ocultos de las miradas y de la codicia humana. El paraje se mantenía oculto tras la bruma espejismo, una barrera capaz de confundir al más hábil explorador y enviarlo de retorno a su camino o ponerlo a dar interminables vueltas en círculo, este artilugio se mantenía gracias al enorme poder psíquico de los potrillos encantados.

Una tarde, el corcel más joven del redil se aventuró pasados los límites de la bruma espejismo y encontró a una bella doncella gritando a los cuatro vientos en un claro abandonado:

Quisiera gritar ¡No huyas!, ¡no huyas más!...

El grito y el llanto, eran sencillamente desgarradores; la doncella rompió a llorar y el corcel no se atrevía a acercarse, permanecía oculto esperando el momento justo.

A los pocos instantes la doncella elevó su mirada al cielo y extiendo las manos desnudas, con un gesto de total contemplación exclamó con ternura a viva voz:

El miedo no te deja ver,

Y es que pienso que jamás te han querido así,

A la final el temor es más grande y gana…

Me quedo sin saber si esto terminó,

Aun no se cuál es y si tendrá un fin esta historia…

Solo se que un día dos personas se conocieron,

Subieron y volaron alto a otro mundo, un mundo suyo,

Sin darse cuenta cayeron…

Ahora solo se encuentran en lo sueños,

La tarde terminó de caer, las nubes grises se abalanzaron sobre el firmamento tratando de arrebatar brutalmente el añil absoluto de su propiedad, esto provocó que el aire en el claro se levantara, y la doncella sintió un súbito vacío en el estómago, el alma que se elevaba para regresar al cuerpo y dejar al corazón ingrávido por un instante, mientras la tormenta se derramaba furiosa. El corcel sin perder un segundo voló en auxilio de la dama, usando sus artes mágicas pudo levitar el cuerpo empapado y apoyarlo con dulzura sobre su lomo. Al montarse la doncella casi desfallecida alcanzó a abrazar el cuello del caballo, y al acariciar su crin sintió una corriente de energía quemando las yemas de sus dedos, al reaccionar pudo sentir el flujo de calor súbito invadiéndola y un halo dorado resplandeciendo sobre su piel, el corazón aceleraba sus palpitaciones y las pupilas regresaban a su normalidad, la vida había vuelto a ella, invadiéndola como si fuese una represa milenaria súbitamente liberada sobre el valle profundo. El piso se dibujaba cientos de metros allá abajo como una prueba irrefutable del riesgo de caer, se sintió por un momento libre de las ataduras que hace instantes pesaban sobre su mente. El sentimiento de volar, de arrojarse al viaje sin pensar lo que dejas atrás ni lo que vendrá, solo entregarse al vacío y dejar que él sea quien gobierne.

Instantes después la doncella fue llevada de nuevo al claro. Al descender del corcel, sintió el lodo frío entre sus dedos y la tristeza empezó a clavarse en sus tobillos y súbitamente a trepar como un insecto enorme sobre su piel, recorriendo sus piernas, su costado, hombros y cuello hasta instalarse en su cabeza, como la viva imagen de un hombre gritando:

te pienso todo el tiempo, todo el tiempo”

Con la cara empapada en llanto de emociones mezcladas, la doncella huyó despavorida de la escena.

La noche que siguió era hermosa, una oscuridad nítida repleta de estrellas, pero el corcel permanecía inmóvil en el mismo sitio donde la doncella descendió, con la mirada fijamente perdida en el broche que ella había olvidado; y continuó así durante horas… días… semanas…

La leyenda cuenta que su tristeza fue tal, que el poder de los potrillos encantados se contaminó de ella, y la bruma espejismo acabó transformándose en un pesado manto de arena fosilizante, que al precipitarse sobre el bosque lo sepultó todo.

El broche lo hallamos junto al cadáver petrificado del corcel, y con la amargura que lleva dentro puedo hacer pócimas infalibles, ¡maldición por qué lo he perdido! ¡MALDICIÒN!”

Cuando el duende terminó su relato, los pájaros del bosque empezaron a rezar su bienvenida al nuevo día y los grotescos seres desaparecieron de la escena como por arte de magia. El caballero entonces, tomó un leño voluminoso y con esfuerzo descomunal derribó todas y cada una de las paredes del horno, hasta lograr encontrar el amuleto de la tristeza.

La fogata se ha consumido, todos han ido a dormir hace rato ya. No alcanzaron a escuchar ni la mitad de la historia, es un camino solitario el de aquel que ha escogido descifrar el lenguaje del fuego, es una carga de inevitable soledad. Mas ahora puedo compartir la tristeza milenaria de aquella doncella, y apagar el brillo de mis ojos a placer, percibiendo un mar de llanto real que se vierte ciego sobre las entrañas incandescentes de la tierra mágica, lejana e imaginaria.