Pecadores y Engranajes

"Hoy el hombre no se siente un pecador, se cree un engranaje, lo que es trágicamente peor. Y esta profanación puede ser únicamente sanada con la mirada que cada uno dirige a los demás, no para evaluar los méritos de su realización personal ni analizar cualquiera de sus actos. Es un abrazo el que nos puede dar el gozo de pertenecer a una obra grande que a todos nos incluya." Ernesto Sabato

miércoles, agosto 05, 2009

Hoy cambiará la vida

Despertar de madrugada, escuchar el silencio sepulcral de la noche y que te resulte imposible volver a conciliar el sueño no te deja muchas alternativas. Prender la tele y ponerse a divagar por la maraña interminable de canales, como un gatito patas arriba tratando de desenredar perezosamente una madeja de lana, sorteando programa tras programa en una andanada de cambios vertiginosos, asaltado a cada paso por el desinterés o jugando con la manía de otorgar a cada número apenas el tiempo suficiente para que la imagen se sintonice para cambiar lo más rápido posible. Casi había recorrido la totalidad de canales, cuando di con la transmisión del mundial de salsa, aunque tenía la tele sin volumen automáticamente empecé a imaginar que estaban bailando la canción de Blades "hoy cambiará la vida, hoy cambiará tu vida, hoy cambiará mi vida" y me quedé embobado, transportado en el tiempo un par de años atrás, recordando como realmente me rompía la cabeza entender que mis plegarias no se hubieran atendido, a pesar de que pasé mucho tiempo orando, rezando, torciendo el universo, alucinando, imaginando, visualizando, experimentando, actuando como si ya mis sueños se hubieran cumplido, poniendo velas a santos nacionales e internacionales, meditando, dejando de buscar. Dos cosas tenía en mente, dos plegarias que quizá no tenían relación alguna, imposible sospechar lo estrechamente vinculadas que estaban.
Una vez mas habíamos tomado junto a mi padre y mi hermana la decisión de cerrar temporalmente nuestro café para favorecer la venta, proceso que era difícil pero no perdíamos la esperanza; ese tiempo que transcurrió hasta la adjudicación del negocio, me permitió apreciar la nobleza y tenacidad de mi hermanita, su insistencia por cumplir los horarios aunque el día no fuera bueno, su actitud estoica cuando un par de ladrones le abordaron y robaron su computadora a plena luz del día y con el local lleno de gente, o su paciencia cuando por mi inmadurez le hacía algún reclamo excesivo o fuera de lugar. Cada vez que yo pisaba el sitio, trataba de imaginar que ya se había vendido, inmediatamente iba a ver a mi hermanita que con sencillez absoluta se sentaba a pelar papas y a compartir el tiempo con los muchachos de la cocina a quienes trataba con justicia y equidad ejemplares. Me imaginaba su sonrisa y el por fin tan esperado, ya vendimos hermanito! pero si no llegaba la frase le desarmaba del objeto cortopunzante con el que tranquilamente podía haberme aniquilado por mala conducta y le sacaba a aprender los pasos de baile que me habían enseñado; aunque no lo demostrara, eso le fascinaba.
Mi papi nos miraba de lejos, en todo el esplendor majestuoso de sus 60 años, el fulgor incansable de sus ojos inmutable a pesar de las vicisitudes inundaba el local como la luz del atardecer, con su calma serena se erguía como un olmo gigante plantado en medio de un océano tormentoso. Es curioso cómo las imágenes de la niñez perduran intactas al paso de los años, y mirarlo endulzado poniendo música para la gente, me hacía alucinar que era de nuevo yo, el niño de cuarto grado que al verlo llegar del trabajo cargado de discos se sentaba en la sala a verlo escuchar sus nuevas canciones emocionado, aunque la música que escuchaba en ese entonces me parecía realmente fatal. Mi padre tiene el don de hacer sonreír al más difícil de los clientes con su finísimo sentido del humor. Solía pensar que sus chistes eran en realidad agujas mágicas de acupuntura, imperceptibles de tamaño pero relucientes, que ostentaban el pulimento de miles de años de experimentación hasta conseguir potencia y brillo irreductibles. La tarde en que por fin provino la noticia que tanto había esperado de boca de mi hermanita me sentí muy aliviado, tanto como no me había sentido en años, la última vez que experimente algo así fue en mi graduación, casi ocho años atrás, me sentía como un perro panza arriba sobre el césped, tan libre de preocupaciones que podía disfrutar con total atención de la fresca caricia de cada hoja deliciosamente masajeando mi espalda desnuda. Y bueno, ésta será la ultima mesa que atienda suspiré, tomé el delantal viejo que tantas veces había usado mi hermano boliviano y una lagrima mezcla de alegría y melancolía corrió por mi mejilla, en ese instante llegó un grupo de chicas, a lo lejos no las pude distinguir muy bien. Le dije a mi hermanita "yo atiendo" en tono severo para que no se percatara de mi conmoción, no podía arriesgar mi imagen de tipo duro. A medida que fui acercándome un leve hormigueo inexplicable fue curiosamente acrecentándose sobre mi espalda, el cabello negro de una de las chicas brillaba con tal fuerza que los destellos de luz se amplificaban sobre cada hebra y rebotaban dirigiéndose a morir sobre mi delantal, y al chocar con la oscuridad desgastada de la tela producían una efervescencia cálida, al acercarme más pude mirar sus ojos, azules, tan azules que me provocaron desafiar las leyes de la gravedad y lanzarme a nadar en ellos como si mi cuerpo estuviese hecho de nubes, como una alucinación gigante que hacía del cielo una piscina interminable. Nunca había visto una mujer más bella. Me quedé paralizado y ella no paraba de sonreírme como si de sopetón supiera quien soy; pidieron la especialidad de la casa y escondiendo mis mejillas sonrojadas tras las alas de mi sombrero, acerté apenas a ir de vuelta a la cocina para preparar la orden. Mi papi les llevó cordialmente los vasos a la mesa, y las chicas le preguntaron si éramos bolivianos, le contaron que habían vivido algún tiempo en el extranjero por motivos de estudio, que apenas hace dos días regresaron al Ecuador, y que un amigo les había hablado de las papitas especialidad de la casa. Mi papi les contó que era una suerte tenerlas allí porque era nuestro último día en el café como dueños, aunque el negocio iba a continuar y las famosas papitas seguirían siendo parte del menú de los nuevos dueños; les preguntó si querían escuchar salsa y dijeron encantadas que si, en el tiempo que estuvieron lejos era de las cosas que mas habían extrañado, al percatarse la oferta, un grupo de clientes costeños que estaban sentados en la mesa contigua empezaron a vociferar estruendosamente que los serranos no saben bailar, mi padre esbozó lentamente una sonrisa y elevando un poco su tono de voz, les mencionó que aparte de escuchar, si se animaban, podían bailar con su hijo que aunque serrano, modestia aparte era uno de los mejores bailarines salseros de la ciudad y probablemente del país. Mientras mi papi me hacía tremenda propaganda yo regresaba todo agitado, nervioso y tembloroso con la bandeja de comida. La sonrisa de la niña de ojos azules me dejó totalmente estupefacto, de nuevo, cuando la miré de cerca sentí que el corazón se me detuvo, incluso se me paralizó el oído y ella al hablarme tuvo que repetir tres veces que mi papi le había dicho lo bien que se bailar salsa y que le encantaría que le conceda un baile. Yo no lo podía creer, al tomarla de la mano y llevarla al claro que se describía como un pasillo largo entre las mesas, me miró con gentileza y sonriente me dijo que la canción que empezó a sonar, era su favorita. He bailado muchas veces bajo presión, si cabe el término, pero en esa ocasión es definitivamente cuando más nervioso me puse, tanto que arranqué a destiempo!! Algo que nunca hago, sin embargo, sentir el tacto delicado de sus manos tersas y delgadas sobre las mías, hizo que todos esos sentimientos desaparecieran, una vez que me sentí cómodo fui en busca de sus pupilas, encontrándolas al instante clavadas sobre mi rostro, me escondí de nuevo bajo el sombrero! Como un avestruz conmovido entre pánico escénico y timidez excesiva, ella me levantó la quijada y de nuevo sonrió; ya no pude dejar de mirarla, mi cuerpo volaba sobre el piso de todo el local como si fuese un veloz velero y ella se contoneaba como una vela, fuerte, decidida y relajada a la vez, iba de un lado al otro y nos movíamos en fluidez y sincronización perfecta, a lo lejos el susurro del coro de la canción "hoy cambiará la vida, hoy cambiará tu vida, hoy cambiará mi vida" y los aplausos de los costeños emocionados transformando sus vociferaciones en elogios, numerosos y efímeros como las burbujas de espuma que rompen en la cresta de las olas. El rostro de mi pareja expresaba ternura y sencillez, casi podía palpar su emoción escalando hacia el cielo como un cohete que busca escapar de la gravedad para viajar al espacio. Cuando posó su mirada sobre mis labios sentí que los atraía como si estuviesen hechos de acero y su rostro fuera un magneto gigante, automáticamente cerré mis párpados y mientras la inclinaba hacia casi tocar el suelo, el final de la canción se cernió sobre nosotros cobijándonos con su manto silencioso, fundiéndonos en un beso tan exquisito que hizo que el cosquilleo se extendiera a todos y cada uno de los poros del cuerpo. Sumergido en ese recuerdo, regresé a la actualidad presente; al sentir el roce de su pierna sobre la mía, y su quejido sordo de que apague la tele, me di cuenta de que el amanecer estaba próximo, los gallos cantaban y ya el cielo empezaba a clarear y en la tele estaba un torneo de juegos de invierno. Hoy es una de esas madrugadas que me dejan henchido de gratitud incontenible, las lágrimas de alegría silenciosas colman mis ojos mientras medito de nuevo el coro de la canción, la posibilidad tan real de que en apenas instantes puede cambiar la vida de tal forma, y me quedo de nuevo estupefacto como la primera vez, contemplando a la niña de ojos azules, mi esposa, dormir apacible con nuestro hermoso hijo entre brazos.